El pequeño retrato, retratico o retrato de faltriquera, está pintado al óleo [1], fundamentalmente sobre naipe, cobre –en este caso, dependiendo de su tamaño, se denominaban chapas a los más pequeños y lámina de cuartilla a los mayores–, y rara vez se pintaron sobre plata, bronce o madera [2]. Estuvieron vigentes en toda Europa a partir de la segunda mitad del siglo XVI, alcanzando su mayor desarrollo en Italia, Países Bajos y en España, donde obtuvo gran popularidad con Catharina van Hemessen, Sofonisba Anguissola y, a partir del último tercio del siglo XVI, con Alonso Sánchez Coello, su hija Isabel, Pantoja de la Cruz o Juan Bautista Maíno.
Definición de retratos y pequeños retratos
Entendemos por retrato, según definición de Covarrubias en su Tesoro de la Lengua Castellana (1611), toda «figura contrahecha de alguna persona principal y de cuenta, cuya efigie y semejanza es justo quede por memoria en los siglos venideros», aunque en realidad se consideró como retrato toda pintura o efigie que representaba a una persona, animal o cosa. Los retratistas o retratadores, también llamados naiperos, fueron los encargados de realizar los pequeños retratos, buscando en ellos, a diferencia de la pintura, no la representación de majestad, de nobleza o de poder, sino simplemente el reconocimiento de una persona determinada.


Finalidades del pequeño retrato
Dependiendo del uso que de ellos se hizo, su finalidad fue múltiple. Principalmente poseían un sentido familiar, como los enviados a Felipe II, en 1589, por el Duque Carlos Manuel de Saboya, esposo de su hija Catalina Micaela, de los cuales el rey escribió: «Con lo que me decís de mis nietos he holgado mucho y con un librillo que el Duque me envió de vuestro retrato y los suyos, aunque más me holgaría de veros a vos y a ellos, que no podría dejar de darme mucho gusto con sus travesuras» [3] o el que Antonio Pérez, desde su destierro parisino, mandó a su hija «por gozarle a escondidas, de miedo que si se lo echan de ver, le privan de él» [4].

Otra de sus facetas fue servir como regalo de Estado [5], según se desprende de la documentación existente, de la que recogemos, a modo de ejemplo, los «dos retratos chicos en dos chapas de cobre, uno de su Real persona y otro de la Reyna Nuestra Señora, que se icieron para poner en una caxa de diamantes para dar al Almirante de Ynglaterra» que fueron pintados por Juan Pantoja de la Cruz en 1605, cobrando por ello doscientos veinte reales [6].

No debemos olvidar su función como retrato amatorio. Juan Rufo, en sus Apothemas, escritos a finales del siglo XVI, recoge el siguiente comentario [7]: «Vivía en la corte un pintor que ganaba de comer largamente a hacer retratos, y era el mejor pie de altar para su ganancia una caja que traía con cuarenta o cincuenta retratos pequeños de las más hermosas señoras de Castilla, cuyos traslados [8] le pagaban muy bien, unos por afición [9], y otros por sola curiosidad. Este le mostró un día todo aquel tabaque [10] de rosas, y le confesó los muchos que le pedían copias de ellos. Respondió: Sois el rufián más famoso del mundo, pues ganáis de comer con cincuenta mujeres». Esta finalidad también quedó recogida en varias obras literarias, como en La Dorotea de Lope de Vega [11], en la pintura de vanitas, como en la atribuida a Antonio de Pereda del Kunsthistorisches Museum de Viena [12].
[1] Según Pacheco, «las láminas se empriman, estando lisas y limpias, con albayalde y sombra al olio, de una sóla mano, muy delgada, la cual se da y estiende con los dedos y no con brocha» (Pacheco, Francisco. Arte de la Pintura. Ed. F.J. Sánchez Cantón, Madrid, 1956, T. II, 96).
[2] El empleo de estos materiales como soporte de este tipo de retratos queda recogido en el inventario de los bienes dejados por Juan Pantoja de la Cruz en el que figuran «siete barajas de naypes para retratar y quince chapillas rodadas y cuadradas de bronce y dos de plata para retratos» (Sánchez Cantón, F.J. «Sobre la vida y las obras de Juan Pantoja de la Cruz». Archivo Español de Arte, T. XX, n.º 78, Madrid, 1947, 103).
[3] Bouza Álvarez, Fernando. Cartas de Felipe II a sus hijas. Madrid, 1988, 132, 210-211.
[4] Serrera, J.M. «La mecánica del retrato de corte». En Alonso Sánchez Coello y el retrato en la Corte de Felipe II. Madrid, Museo del Prado, 1990, 55.
[5] Este tipo de regalos quedó reglamentado en el siglo XVIII (Ezquerra del Bayo, Joaquín. «Regalos diplomáticos». Arte Español, vol. VII, Madrid, 1924-1925, 51-57. Espinosa Martín, Carmen. «El retrato-miniatura en los regalos diplomáticos españoles en el siglo XVIII». En El Arte en las Cortes europeas del siglo XVIII. Madrid, 1987, 264-268).
[6] Aguirre, Ricardo de. «Documentos relativos a la Pintura en España. Juan Pantoja de la Cruz, Pintor de Cámara». Boletín de la Sociedad Española de Excursiones. Madrid, 1922, 270.
[7] Rufo, Juan. Las seiscientas apotegmas y otras obras en verso. Clásicos Castellanos, n.º 170, Madrid, 1972, 176-177. Francisco Asensio, en la Floresta española, atribuyó este comentario al rey Felipe IV (Segunda Parte de la Floresta española y hermoso ramillete de grandezas, motes, sentencias y graciosos dichos de la discreción cortesana. Madrid, 1730(Ed. Pablo Oyanguren, Foulché-Delbosc, Madrid 1910, n.º 1084) y Agustín González de Amezúa identificó al pintor con Felipe de Liaño (Opúsculos Literarios. I. Madrid, 1951. 128-193).
[8] Copias.
[9] Amor.
[10] Cestillo de mimbre para guardar la labor o adornarlo con flores.
[11] La Dorotea. Madrid, 1632 (Ed. Castalia, 1968). Acto I, escena 5, p. 104: «Julio – ¿Qué andas en ese escritorio? ¿Qué buscas? ¿Qué rasgas? Dexa los papeles, dexa el retrato. ¿Qué te ha hecho esa divina pintura? Respeta en ese naipe los pinceles del famoso Felipe de Liaño; que no es justo que prives al arte deste milagro suyo, ni de este gusto a la embidia de la naturaleza, zelosa de que pudiese no sólo ser imitada, sino corregida en sus defectos. / Fernando – ¡Vive Dios, que te mate! / Julio – Mátame; pero no has de tocar el retrato, que está inocente».
[12] Óleo sobre lienzo. 139,5 x 174 cm. Inv. 771.
Texto: Carmen Espinosa Martín (Conservadora del Museo Lázaro Galdiano).
Con la colaboración de Cristina Barrera Arévalo y Ana de Palacio Manzano.
Blog creado y actualizado por Jose Mªría Martín Écija (Community Manager, Webmaster y blogger del Museo Lázaro Galdiano).
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