Siempre es una buena noticia encontrar y poder mostrar obras de arte dadas por perdidas o no localizadas. Más aún si se trata de pinturas de Rosario Weiss (Madrid, 1814-1843) quien, hasta hace pocos años, solía aparecer de forma esporádica en la bibliografía artística más por su conexión biográfica con Francisco de Goya que por sus escasos y poco conocidos trabajos. Esto ha ido cambiando en los últimos tiempos gracias a la incorporación de nuevas obras a su catálogo —especialmente dibujos y litografías— permitiendo tener una visión más completa de su producción y de su aportación al arte español de la primera mitad del siglo XIX. Dos de las pinturas que aquí se dan a conocer, recientemente localizadas, aparecían mencionadas en la documentación sobre la artista, aunque se desconocía su ubicación o si seguían existiendo. La tercera es una antigua atribución que, sin embargo, en el catálogo La pintura española del siglo XIX en el Museo Lázaro Galdiano (José Luis Díez, 2005, p. 422), se consideró anónima. Todas ellas vienen ahora a enriquecer de forma notable su producción, nutrida en arte gráfico y aún exigua en pintura.

En enero de 2020 se conoció que en una colección particular de Alicante se conservaba, aunque en estado precario, La pasiega, un pequeño óleo sobre lienzo firmado “R. Weiss” y fechado en 1835 (fig. 1). La pintura, en trámite de ser adquirida por el Ministerio de Cultura para la colección del Museo Nacional del Romanticismo, representa a una joven nodriza sosteniendo un bebé en sus brazos sobre un fondo de paisaje montañoso. Es una figura de cuerpo entero que muestra a la joven con gesto resuelto mirando hacia el espectador. Destaca su vistosa indumentaria tradicional, característica del valle del Pas (Cantabria), procedencia habitual y preferida para las amas de cría: cabello recogido bajo un pañuelo estampado y anudado en alto, chaquetilla ajustada (presumiblemente sobre camisa y corpiño) y falda o manteo con dos anchas cenefas horizontales. Sobre la falda luce un elaborado delantal y, en su oreja izquierda, un zarcillo de oro. Sobre el pecho parece adivinarse un collar de cuentas de coral rojo, considerado un elemento protector que además procuraba buena suerte. Los zapatos, característicos de la década de los años treinta del siglo XIX, son propios del entorno urbano en el que las nodrizas solían desempeñar su trabajo. El niño lleva un gorro de tela blanca ribeteado y se abriga con una rica capa de paño con cuello de piel.
La primera mención de esta pintura se la debemos al escritor y crítico José Musso y Valiente (1785-1838), quien le dedicó una reseña muy favorable en la revista del Liceo Artístico y Literario (“La pasiega, cuadro pintado y litografiado por la señorita doña Rosario Weys”, El Liceo…, [1838], p. 100). Este número incluía como regalo la litografía de esta pintura, realizada también por Weiss (fig. 2). En su texto el autor destacaba la habilidad de la artista en el manejo del pincel, su originalidad y la falta de artificio en la representación del asunto, así como el trabajo delicado y exacto a la hora de llevar esta escena costumbrista a la piedra litográfica. Además de la pintura, ahora localizada, se conservan varios ejemplares de la litografía y dos dibujos, uno de ellos preparatorio de la primera, así como una versión posterior de parte de la figura, ambos en la colección del Museo (figs. 3 y 4). La litografía de La pasiega, además de mostrar la habilidad de su autora, tiene el valor de ser la única realizada por una mujer que apareció en la revista del Liceo. Según los estatutos de esta Institución, los miembros de la sección de pintura tenían —entre otras obligaciones—, que entregar una piedra litográfica en estado de estampación para reproducirla en su revista. El asunto elegido por Weiss, socia del Liceo con el número 221, tenía entonces cierta actualidad ya que las mujeres del valle del Pas se encontraban entre las más demandadas en la corte para trabajar como nodrizas; de hecho, el gentilicio pasiega llegó a ser sinónimo de ama de cría.


En el verano de 2023 se conoció que en la Colección Larriba (Madrid) se conservaba la segunda obra, una Alegoría de la atención, adquirida al año siguiente, en mayo de 2024, por el Museo del Prado (fig. 5). La pintura muestra a una sensual Diana cazadora, diosa de la caza identificada por la correa del carcaj para las flechas que cruza su pecho y por su actitud en estado de alerta, con la cabeza levemente ladeada y señalándose la oreja con el índice de la mano izquierda, al acecho de algún ruido que pudiera poner al descubierto una posible presa. El marco de época, moldurado y dorado, conserva en su trasera una etiqueta impresa en papel con el texto, “BARTOLOMÉ CAENLLA, / fabricante de Molduras y Marcos / dorados, calle del Arenal nº 4 / MADRID”, un enmarcador documentado en la capital entre 1833 y 1855. Este lienzo presenta la particularidad de tener sobre el barniz original, en la esquina inferior izquierda, una firma apócrifa, “J C Brochart”. Se trata de un pintor francés (1816-1899) dedicado casi en exclusiva al retrato femenino de busto —a menudo en ambientes o con indumentaria oriental—, de técnica académica, dibujo muy marcado y un carácter decorativo, diferentes a la técnica, espíritu y estilo de esta pintura documentada y segura de Rosario Weiss.

La primera referencia a esta pintura está en la necrología de la artista, escrita por Juan Antonio Rascón, periodista y amigo de la familia Weiss (Gaceta de Madrid, nº 3286, 20 de septiembre de 1843, pp. 3-4). En 1841 Weiss obtuvo una medalla de plata en la exposición anual de la Société Philomatique de Burdeos, ciudad en la que había residido desde 1824 hasta 1833, por una pintura alegórica titulada El silencio, adquirida entonces por el Ayuntamiento de Burdeos y hoy en paradero desconocido. Según Rascón, esta pintura formaba pareja con otra “que representaba la atención con tintas tan aéreas y fantásticas como la primera”, que es la que ahora se muestra. Weiss repitió esta misma composición —excepto por la incorporación en el fondo del tronco de un árbol— en un delicado dibujo firmado en 1842 (fig. 6).


La pintura es muy representativa de la técnica y estilo que la artista desarrolló durante su breve etapa profesional (desde su regreso a Madrid en 1833 hasta su fallecimiento en 1843), y resulta muy cercana al Ángel custodio, una obra firmada y fechada en 1841 (fig. 7). Aunque el lienzo de la Alegoría de la Atención no está fechado (¿quizá la firma apócrifa oculte la fecha y firma de Weiss?), lo más probable es que se hubiera realizado también en 1840, año en el que firmó la Alegoría del silencio con el que formaba pareja. Esta obra fue descrita como un autorretrato en el catálogo del Museo de Burdeos redactado en 1856 por Jules Delpit y Pierre Lacour, profesor de la joven Rosario en la escuela local de dibujo y pintura: “busto de perfil girado a la derecha, haciendo el gesto del silencio, en el que la artista se ha representado de un modo muy parecido” (Pierre Lacour y Jules Delpit, Catalogue des tableaux, statues, etc. du Musée de la Ville de Bordeaux, Burdeos, 1856, nº 441). Laurent Matheron, quien vio esta pintura en Burdeos, la describió con detalle en 1858 como un autorretrato firmado y fechado en 1840, año en el que Rosario Weiss fue nombrada académica de mérito por la Pintura de Historia de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Laurent Matheron, Goya, París, 1858; edición en español: Goya, Madrid, 1890, p. 112). Pese al alto grado de idealización de la figura femenina protagonista de esta pintura que ahora se da a conocer, modelo que se repite en el dibujo fechado en 1842, en ambas se pueden identificar los rasgos de su autora, presentes en otros autorretratos seguros de su catálogo: rostro menudo de nariz recta, boca pequeña, ojos grandes y cabello oscuro. Solo dos años después de pintar esta Alegoría de la Atención, el 18 de enero de 1842, Weiss fue nombrada maestra de dibujo de Isabel II y de su hermana, la infanta Luisa Fernanda, empleo de prestigio que desempeñó poco tiempo pues murió de cólera el 31 de julio de 1843, en su mejor momento profesional.

La tercera obra es un pequeño óleo sobre lienzo con el supuesto retrato de Leocadia Zorrilla, madre de la pintora (fig. 8). Esta pintura fue un regalo de las sobrinas nietas de Rosario Weiss a José Lázaro, a quienes el coleccionista adquirió muchas obras de la artista —principalmente dibujos— además de otros tres dibujos y dos litografías de Goya.

![Fig. 10. ¿Francisco de Goya? Leocadia Zorrilla. Lápiz negro sobre papel verjurado, 109 x 84 mm. BNE [Dib/18/1/9187] Fig. 10. ¿Francisco de Goya? Leocadia Zorrilla. Lápiz negro sobre papel verjurado, 109 x 84 mm. BNE [Dib/18/1/9187]](https://museolazarogaldiano.blog/wp-content/uploads/2024/10/leocadia_zorrilla_bne.jpg?w=785)
El retrato presenta a un mujer de unos cuarenta años, con peinado a las tres potencias y cofia blanca de tipo doméstico. José Lázaro, en el reverso de una fotografía de esta pintura, la identificó como retrato de Leocadia Zorrilla “pintado por Goya” y procedente de las sobrinas de Rosario Weiss, una atribución que nadie —lógicamente— ha mantenido. En 1940, cuando la pintura aún estaba en la familia Weiss, Mª Elena Gómez Moreno la citó como retrato de Leocadia (AEA, vol XIV, 1940-41, fig 12), como después hicieron —refrendando esta identificación y como obra de Weiss— Camón Aznar (Guía del Museo, 1954, p. 141) o Villanueva Etcheverría (Goya y Burdeos, 1982, p. 19), en este caso coincidiendo con la exposición del retrato en la casa del pintor en Burdeos. Su procedencia y semejanza con la Leocadia de las pinturas negras y con un retrato a lápiz atribuido a Goya, que también podría representarla, hacen convincente esta identificación (figs. 9 y 10). Respecto a la autoría, José Luis Díez descartó que fuera obra de Weiss por su “calidad bastante discreta, resuelto con una técnica muy sumaria [..] las inseguridades de dibujo y la planitud de los empastes, realmente torpes en zonas como la escofieta o los cabellos, no permiten pensar en un pintor de formación sólida, ni siquiera en la hija de la presunta modelo, la pintora Rosario Weiss” (Díez, 2005, p. 422). Sin embargo, todos estos evidentes defectos —planitud o dibujo inseguro— bien pueden considerarse compatibles y justificados si se considera que se trata de una obra de formación y aprendizaje en el campo del color. Ella se había iniciado en el dibujo de la mano de Goya en Madrid desde 1821, cuanto tenía 7 años, una actividad formativa realizada en un ámbito familiar que se mantuvo hasta que en 1825 entró en la escuela de dibujo y pintura de Pierre Lacour en Burdeos, ciudad en la que vivió con Goya, su madre y su hermano Guillermo desde septiembre de 1824 hasta junio de 1833. Su formación francesa hizo que sus obras fueran adaptándose de forma progresiva al gusto académico, dominante en ese periodo. Sin embargo, en este retrato íntimo de técnica aún inexperta, es posible vislumbrar ciertas huellas de lo aprendido junto a su primer maestro. Este retrato sería, por tanto, una de las primeras pinturas conservadas de Rosario Weiss. Debió de pintarse en Burdeos hacia 1828, año de la muerte de Goya (16 de abril) y en el que la artista cumplió catorce años. La retratada, por su parte, alcanzó ese año los cuarenta y su gesto sombrío y absorto parece presagiar las grandes dificultades que hubo de afrontar tras la muerte del pintor.
Texto: Carlos Sánchez Díez (Conservador del Museo Lázaro Galdiano).
Blog creado y actualizado por Jose Mªría Martín Écija (Community Manager, Webmaster y blogger del Museo Lázaro Galdiano).
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