Las leyendas asumidas por la tradición cristiana cuentan diversos milagros atribuidos a san Miguel, según los cuales se apareció en distintos lugares de Europa. Especialmente célebre es el episodio recogido en el Liber apparitione Sancti Michaelis in Monte Gargano, el relato más antiguo de su manifestación en el Monte Gargano italiano, donde se levantó un santuario dedicado al arcángel que fue un destacado lugar de peregrinación hacia Jerusalén para reconocidos santos de la religión católica como san Francisco de Asís, santa Brígida de Suecia, san Bernardo de Claraval o santo Tomás de Aquino, y que lo sigue siendo en la actualidad para los fieles. Otros puntos de peregrinaje asociados a la presencia del santo son Skellig Michael en Irlanda, el St. Michael’s Mount de Reino Unido, Le Mont-Saint-Michel de la región francesa de Normandía o la Sacra di San Michele en el valle de Susa, también en Italia.
Fueron siete los arcángeles escogidos por Dios para capitanear las milicias celestes, habitualmente representados con indumentaria militar, nimbados y alados. En el contexto de la Edad Media, algunas figuras predilectas gozaron de gran predicamento y se mantuvieron en el tiempo en el imaginario colectivo occidental. Dentro de este grupo de ángeles superiores, san Miguel, cuyo nombre significa quien es como Dios, desarrolló un especial culto y una iconografía propia que durante los siglos bajomedievales se entrelazaría con la ideología caballeresca. Como mensajero de Dios y princeps militiae angelorum, sus atributos son la lanza o espada destinadas a aniquilar al dragón que simboliza a Satanás, una representación procedente del suceso de la lucha entre ambos narrado en el Apocalipsis de san Juan:
Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no vencieron; y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. El gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado diablo o Satanás, el seductor del mundo entero, fue arrojado a la tierra junto con sus ángeles. («Apocalipsis»: 12, 7-10)
En el pasaje describe cómo el paladín y su milicia angélica batallaron contra el Diablo y los ángeles rebeldes, venciéndolos y arrojándolos del Cielo. Si bien san Miguel aparece citado en escasas ocasiones en la Biblia, estos versículos del Juicio Final parecen estar inspirados directamente en el Libro de Daniel, donde el arcángel se muestra como protector de Israel, interviniendo en sus guerras y defendiendo los intereses del pueblo. Asimismo, poseía una tradición bíblica anterior, ya que en el Antiguo Testamento era el príncipe de la sinagoga para los judíos.
El príncipe del reino de Persia me ha opuesto resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los Primeros Príncipes, ha venido en mi ayuda […] Nadie me presta ayuda para esto, excepto vuestro príncipe Miguel. («Daniel»: 10, 13-21)
La devoción hacia el jefe de los miles Christi posee orígenes que se retrotraen al cristianismo primitivo y que se relacionan con sus cualidades divinas. Por su naturaleza guerrera, el san Miguel caudillo de los ejércitos celestiales se ha relacionado con el dios germano de la guerra, Wotan, así como con la divinidad latina Marte. En cuanto a su función como psicopompo, se trata de una herencia del mito pagano de Mercurio o Hermes, que a su vez procede del Juicio de Osiris contenido en el Libro de los Muertos y que lo asocia con otras deidades de ultratumba del Antiguo Egipto como Thoth o Anubis.
Desde época románica, las artes pictóricas murales y sobre tabla ofrecían repertorios de la hagiografía de san Miguel, que fue incluida en La Leyenda Dorada de Jacopo da Varazze. Ya en el siglo XV, su culto se expandió por toda la Europa cristiana, debido a la importancia que adquirió como defensor de la Iglesia frente al Mal. Su iconografía se difundió y asimiló notablemente en la Corona de Aragón, tal y como atestiguan los retablos conservados en los que aparece como titular y las numerosas tablas de ejemplares desmembrados. Las circunstancias que incidieron en la intensificación de su culto en los siglos finales del período medieval se podrían considerar novedosas, destacando la eclosión de la urbanización respecto a la anterior ruralización y el desarrollo de la artesanía y del comercio. De hecho, numerosos gremios y corporaciones se pusieron bajo el patronazgo del arcángel por su función bélica, como los maestros de armas, esgrimistas, bruñidores y doradores.
El factor decisivo para la configuración de su iconografía fue la influencia de la ideología caballeresca. Se produjo un traspaso de poderes del sistema feudal a otro concepto de Estado centralizado en la figura del príncipe, lo que fortaleció una particular cultura laica que tenía como prototipo humano al caballero. El elemento centralizador de esta nueva situación fue el tradicional sistema de vasallaje, basado todavía en las antiguas relaciones de clientela. Se apelaba, por tanto, al credo caballeresco y a los conceptos de lealtad y honor como virtudes personales, que aludían directamente a la institución caballeresca como lenguaje articulador de la nueva realidad sociopolítica.
Si bien se ha sostenido el origen religioso de la caballería medieval y su relación con la Iglesia, este componente católico llegaría como consecuencia de las Cruzadas. Fue entonces cuando la imagen del caballero como soldado de Cristo le atribuyó cualidades espirituales de las que antes no gozaban los simples guerreros. El caballero poseía un compendio de virtudes personales y la caballería era una revelación de la perfección moral, en continua lucha contra el Mal. En el ámbito litúrgico se bendecían las tropas, los armamentos y los estandartes que marchaban a defender los Santos Lugares y a conquistar Jerusalén. La espada también participaba como elemento de la liturgia cristiana durante el rito de la investidura de armas y poseía cierta sacralidad.
Así, la estética caballeresca se expandió como género, y su simbología se aprecia en la iconografía cristiana medieval a través de los ciclos cristológicos y hagiográficos. El nuevo repertorio se basó en la veneración de los santos caballeros, con san Miguel a la cabeza y la caballería como sucesora y heredera del ejército celestial en la Tierra. Se eliminó la túnica con la que antes se lo representaba y se construyó un atuendo para el arcángel cada vez más militarizado, inspirado en los diferentes tipos de armaduras y escudos coetáneos, lo que permite enmarcar las obras cronológica y estilísticamente. Esta imaginería buscaba un mensaje más eficaz del triunfo del cristianismo, generando una mayor empatía con el fiel y otorgándole al santo una apariencia más humana. La figura de san Miguel se transformó en un genuino soldado, un emblema de la lucha contra los herejes.


Esta obra del Museo Lázaro Galdiano procede de Calatayud (Zaragoza), y fue alguna vez la tabla principal de un retablo. San Miguel se encuentra posado sobre los hombros del diablo, un dragón maligno formado con partes de distintas especies animales, y lo hiere con la lanza que tiene en su mano derecha. Se lo representa como un joven de cabellera rubia y rizada ataviado a la usanza de los guerreros de la segunda mitad del siglo XV, con lujosa armadura de metal dorado, espada y puñal en la cintura, y un manto encarnado forrado de azul con ribetes dorados. En su cabeza, una diadema adornada con un broche decorado con plumas de color azul. Sus alas, con plumas rosas y verdes, están desplegadas y se recortan en el fondo dorado de la tabla. Los dorados de sus vestimentas, incluido el de su halo de santidad, se realizan mediante la técnica del pastillaje, que permite crear relieves, texturas y detalles tridimensionales.
Acompañando y flanqueando al arcángel, dos donantes no identificados se encuentran postrados en actitud de oración, debiéndose considerar que fueron quienes encargaron la obra. Visten con elegancia, de acuerdo con la moda del reinado de los Reyes Católicos, lo que indica que pertenecían a una condición social elevada.
La tabla se atribuye al círculo de Juan Rius y Domingo Ram, artistas activos en Calatayud durante la segunda mitad del siglo XV. Mientras que Domingo Ram se ha considerado la cabeza del grupo, de Juan Rius se ha afirmado que era un artista menor o decorativista, que recibía un pequeño porcentaje de los pagamentos por hacer trabajos secundarios.


Una segunda tabla conservada en el museo, también aragonesa, procede de Aniés, y fue realizada por Juan de la Abadía el Viejo, documentado en Huesca entre 1469 y 1498. La obra ocupó la calle lateral izquierda del cuerpo del retablo mayor de la iglesia parroquial de San Esteban de Aniés, del que también formó parte su compañera, dedicada a san Sebastián mártir. Se presenta a san Miguel, de nuevo, como guerrero, vestido a la usanza de las últimas décadas del siglo XV, en actitud de asestar un golpe con la espada que tiene en la mano derecha sobre la cabeza del ángel rebelde, que tiene forma de dragón rojo y yace vencido a sus pies. Es especialmente llamativo el acusado contraste entre los dos antagonistas, dada la belleza juvenil del primero y la fealdad repulsiva del segundo. La escena tiene lugar al aire libre, en un paisaje de colinas y árboles y un cielo azul nublado.
La espada es un emblema de la función caballeresca, como lo es la corona de la función real. Fue, por tanto, el atributo elegido para la iconografía religiosa de los santos caballeros. La espada simbolizaba y sintetizaba el proceso evolutivo que la Iglesia debió recorrer para justificar el uso de la fuerza contra el infiel, así como el propio proceso fundacional de la caballería medieval europea.
En Cataluña, el culto a san Miguel arraigó alrededor del siglo IX, destacando una particular devoción hacia él por parte del estamento militar, al ser un símbolo del espíritu de Cruzada. Durante el gótico internacional, el arcángel se convirtió en uno de los santos más venerados, tanto por su papel como combatiente de las fuerzas del mal como por su función psicopompa. Se fue desarrollando, asimismo, el tópico de los santos en lucha, debido al impulso del afán de combate contra el enemigo religioso. En consecuencia, la representación de san Miguel en la pintura gótica catalana fue verdaderamente frecuente y se intensificó durante la segunda mitad del siglo XV, también debido a la influencia del Llibre dels Àngels (1392) de Francesc Eiximenis en la iconografía de la retablística catalana. Algunos ejemplos se conservan actualmente en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

El Retablo de san Miguel Arcángel de Joan Mates es una obra de pequeñas dimensiones que fue elaborada sobre una única tabla. En él se conjugan las usuales escenas de la hagiografía del arcángel, como el Milagro del monte Gargano, la Misa de las almas y la Psicostasis en la calle lateral derecha, y la Caída de los ángeles rebeldes, de composición vertical, que ocupa el espacio de dos compartimentos en el lateral izquierdo.


En otras dos tablas, originariamente pertenecientes a retablos, aparece como protagonista y santo titular. La de Blasco de Grañén, de procedencia desconocida, presenta al arcángel atravesando al demonio con su espada, y fue realizada en un momento avanzado de la carrera del maestro, o bien con la colaboración de algún discípulo. Respecto a la realizada por Jaume Huguet, fue el compartimento central de un retablo encargado por el gremio barcelonés de los Tenderos y Revendedores que se dispuso en una capilla de la iglesia de Santa Maria del Pi.

Un último ejemplo paradigmático imprescindible de citar es el bellísimo san Miguel que pintara Bartolomé Bermejo en 1468 por encargo del noble Antoni Joan. Si bien era un artista itinerante, trabajó toda su vida en el territorio catalano-aragonés y, por aquel entonces, residía en Valencia. Se trata de su primera obra documentada, de la que se conserva un recibo firmado en Játiva, en el que se aclara que fue concebida para que presidiera el retablo mayor de la iglesia parroquial de Tous. Bermejo demuestra desde sus inicios un profundo conocimiento de lo flamenco, así como un gran gusto por el lujo y la sofisticación de las indumentarias, ya que en la armadura puede verse reflejado un ideograma de la Jerusalén Celeste.
En conclusión, san Miguel arcángel fue un santo con una de las devociones más potentes en la Corona de Aragón desde los siglos del románico y, especialmente, durante el gótico internacional. El espíritu de lucha contra el infiel desde que finalizaran las Cruzadas a finales del XIII se unió a la laicización política y la urbanización, impulsando el estamento militar y las virtudes caballerescas, que fueron asimiladas por la Iglesia Católica como símbolo de resistencia del cristianismo. Su culto imbuyó todo el territorio peninsular, tal y como demuestran los ejemplos aragoneses, catalanes, y el importante encargo valenciano.
Bibliografía
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- Lacarra Ducay, María del Carmen. Pintura gótica aragonesa en la Fundación Lázaro Galdiano. Madrid: Fundación Lázaro Galdiano, 2004.
- Molina, Joan. “El retorno del san Miguel de Tous, la obra maestra de Bartolomé Bermejo”. Ars Magazine: Revista de Arte y Coleccionismo, nº 40 (2018): 64-75.
- Rodríguez Barral, Paulino. “Eiximenis y la iconografía de San Miguel en el gótico catalán”. Annals de l’Institut d’Estudis Gironins, nº 46 (2005): 111-124.
- Vallejo Naranjo, Carmen. “Lo caballeresco en la iconografía cristiana medieval”. Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, nº 93 (2008): 33-67.
Texto: Rocío Esperanza Llorens García. Departamento de Educación. Museo Lázaro Galdiano.
Blog creado y actualizado por José María Martín Écija (Community Manager, Webmaster y blogger del Museo Lázaro Galdiano).
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